miércoles, 2 de mayo de 2007

CUÉ (Y REGRESO)

Nos recibe el norte con un despropósito de lluvias y fríos y retrasos monumentales aplacados con cerveza gustosa. Vemos a la familia norteña y durante dos horas hablamos mucho y muy alto acerca de las veleidades de la política, la corrupción ladrillera, nuestra vida en Ojén , las próximas visitas. Cenamos y departimos hasta bien entrada la noche. Están bien, está guapos, Sara sobre todo. Y con la mañana partimos hacia Cué. Sin prisas. Antes abrazamos, besamos, reímos y disfrutamos de las compañías antes habituales. Asturias aguarda con los Picos de Europa cubriéndoles las espaldas y el mar oscuro y bramante estrellándose contra su pecho. LLegamos bien. Llegamos tranquilos. A partir de aquí todo es un devenir de charlas y nostalgias, de futuros inciertos, de lluvia y paseos, de Txema, de comidas y alcoholes, de bailes ochenteros, de canciones, de Esti, de niños jugando, de abrazos, de discusiones abiertas, de Inés, de resacas, de chorizos a la sidra, de colores imposibles, de Silvia, de mares embravecidos, de baños desnudos heladores, de juegos en las playas mojadas, de Javi, de verde rabioso, de mucha sidra, de Ibarrola y Cubos de la Memoria, de croquetas de cabrales, de Richard, de fotografías surrealistas, de juegos, de noches prolongadas, de partidos de fútbol, de Naia, de resacas llevaderas, del sonido permanente de la lluvia, de Foncho, del silencio denso, de aldeas, de vacas enormes, de Laín, de iglesias románicas, del olor intenso a humedad, de vida rural, de Goti, de pies húmedos sobre la arena, del frío revitalizante, de chucherías, de Tamara, de la playa de Toró, de la cala sin nombre, de las mareas devoradoras, de Neka, de ataques de risa, de cafés y cigarros, de charlas prolongadas, de paseos y desnudos, de Israel, de Antonia. Y así pasamos cuatro días. En el Norte, en Cué, con parada en Barakaldo. Ayer regresamos al refugio ojeneta. Hoy toca recordar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cué se convierte en un cubo más para nuestra memoria, con su hermosa playa con sabor a nostalgia, su silencio secretista, y esa humedad que nos empasta en un cuadro donde no se ha pintado de tiempo.
Cué, como un anillo cocinado en la mente de Tolkien, nos ha mantenido unidos a todos por unos días.
Ahora queda volver a echarnos de menos, pero con los restos del terrón de azucar aún entre los labios.